jueves, 1 de junio de 2017

YO AUGUSTO


El canon de la literatura cubana de la diáspora: Augusto Lemus Martínez
Por: El poeta en actos
“La libertad del arte consiste en no ser dominante”
Paul Celan
El dominio del mundo comienza con la finitud. No por casualidad el libro Yo Augusto empieza con un exergo de Jorge Luis Borges sobre El Libro de arena: “El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última.”  ¿Que busca decirnos el autor de entrada a través del aforismo de Borges? ¿Que relación tiene con todo el poemario que aquí reseñamos? Estamos ante un libro infinito dentro de la lógica de la finitud. Me propongo entonces un vademécum para una introducción al lector sobre lo que constituye un segmento ecuménico del impulso poético de la existencia de Augusto Lemus Martínez: que el olvido del comenzar en el comienzo provoca en el autor la curiosidad de escudriñar en el pathos de la biografía individual del lenguaje poético, del ego poético. Como descubrimiento, me aventuro a señalar la audacia de la escritura, el verso y el poema en una frontera única de la geografía de Cuba: entre el mar y la montaña, justamente en el abismo de un punto del espacio y el tiempo que “no puede ser, pero es”.
Lemus nos dice: “Hoy escribiré el libro de mis memorias antes de que pueda recordar que las tengo completamente perdidas.” El señalamiento de Borges en  El libro de arena no es exactamente acerca de la  autodestrucción del lenguaje, de la pulverización de la exterioridad del poema,  sino para llamar la atención a la falta de reconocimiento de la memoria en el comenzar inconsciente  en el mundo del lenguaje. Allí donde el ego poético suscribe cierta verdad, por gravedad, se hace imprescindible recobrar el tiempo de la biografía radical. ¿Es Lemus un poeta auto biografiado? ¿Qué puede existir metafóricamente entre el mar y la montaña? Lemus detiene el tiempo, rememora su auto figuración como poeta entre dos entidades que no poseen entidades existenciales.
Lemus escribe: “A pie, hago el camino público/a la vista de los ciudadanos ortodoxos/absortos en la masticación cotidiana de la vieja vida.”  Es lo único que traemos en el interior: el lenguaje. No hay más nada que lenguaje. Nacemos con el “lenguaje del sentir” e incorporamos después, en el mundo,  el “lenguaje de las palabras y las imágenes”. Con el primero, hacemos bastante poco. Estamos atados a la naturaleza biológica, al miedo, (el amor pertenece al miedo); con el segundo, creamos todo lo que conocemos hasta hoy para protegernos del miedo. La afirmación Yo Augusto constituye la naturaleza poética de la biografía de Augusto Lemus. Por eso alguien ha afirmado que el “leguaje es la casa del ser”. La poesía del Yo Augusto es aquí la casa de Augusto.
Lemus escribe: “Esta máscara verde sangra/superficie perfecta de cristal líquido/recipiente idóneo de apariencias. /Sólo tu espalda ancha como el mundo/quebranta la astucia con que/sojuzgo al hombre. /Yo miento ellos callan/ellos mienten otorgo yo/sobrevivimos/mutuamente la farsa. /Enveneno con mi lengua/al monstruo inasible de las masas. /No hay sorpresas/ellos esperan la palabra yo el silencio. /Soy vino/risa/y máscara/soledad en multitud.”
Cuidamos de nosotros mismos mediante el lenguaje. La Casa donde habitamos tiene un lenguaje para protegernos de la naturaleza, del frio, del calor y la intemperie y de la otredad. A diferencia del vientre materno, del cual nos despedimos para siempre, la Casa, empero, tiene una salida y un regreso. Entre esas dos magnitudes surge el ego, el interés de hombre por la sobrevivencia. Lo que sucede con el ego, con la animadversión espiritual al que se ve sometido, se debe a que el hogar ha perdido el carácter existencial por la decoración, ha perdido el valor y el objetivo esencial.
De los muchos libros sobre la poesía, pocos como “Yo Augusto” se plantean, según la definición de Wilhelm Dilate, una “autobiografía radical, existencial”. En este contexto, salta a la vista una “tipología arenal” de la infinitud ante la finitud de la vida, marcada “a priori” por la huella del comienzo. ¿Cuándo comienzo a tener conciencia del Yo, mi primera sílaba? ¿Si estamos vivos, arrojados ya en el mundo, qué nos pasa en los primeros años del comienzo, cuando todavía no existe conciencia del Yo? Hablar de “comenzar en los comienzos” es tema significante de la desmemoria de Narciso, inicio que pone en perspectiva la infinitud de toda obra autobiográfica… Desmemoriado, pero marcado en el comienzo, siempre comienza a andar. ¿Ha fracasado una forma de vida en la tradición poética cubana y este libro intenta reflexionar sobre el olvido del Ser durante los comienzos, descifrando las primeras marcas del lenguaje? “Yo Augusto” no juega otro rol que el de un paraguas contra la lluvia del malestar existencial.
Un libro meritorio, biográfico y, también enmarcado dentro de la corriente vitalista de la ascesis poética. Lemus es irónico y perfecto; disimula bien que todos los poetas son máquinas de auto conformaciones creativas en tiempos y espacios limitados. Todos somos poetas,  “yoes”, en la acción desinteresada de la epojé. “Augusto” constituye la metáfora de las regulaciones abstractas del poeta dentro de la paracentesis de las meditaciones biográficas. No en el sentido del progreso y de la línea que avanza hacia adelante y hacia una dirección determinada, sino conformando nuevas montañas, nuevas escaladas narrativas en busca de cumbres hacia lo desconocido e indefinido. Como cualquier libro, este no es proverbial. Es malévolo, pícaro. Propongo a los amigos lectores comenzar a leer por el final; no hay comienzo en este libro. Lemus con sarcasmo se ríe de todos aquellos que están por la creencia de un principio.
Y remata: “Ondula, cimbra, salta/las calles raídas; /labora la pequeña audacia, /nombra, crea endecasílabos, pronombres. /Suéñase Dios/porque aún no aprendió a morir.” Aprender a leer un libro porque nada acertado se puede sacar de él. La vida es como un libro de arena, el poema pasa reafirmándose en la sustancia de la infinitud: Yo Augusto.
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